El estruendo metálico de la cerradura del sótano resuena en la penumbra subterránea como un cañonazo de realidad, marcando el segundo exacto en que las pesadas puertas de hierro se abren de par en par bajo el impulso desesperado de un hombre que ya no respira por orgullo, sino por terror puro. Adrián desciende los escalones de hormigón con una prisa salvaje, con las suelas de sus botas golpeando el suelo húmedo en un eco frenético que delata el colapso absoluto de su control, hasta que sus pupi