Días después Son las siete de la mañana, por lo que bajo a desayunar, abro la puerta del comedor y el aire helado de la mansión Volkov me golpea el rostro, mientras Adrián, impecable en su traje oscuro, deja la taza de café con una brusquedad que hace vibrar la porcelana. Frederick, su mano derecha, anota algo en una tableta a su lado, ignorando mi presencia de la misma forma coreografiada de todos los días.–Los informes de la frontera norte muestran pérdidas del diez por ciento –dice Frederick, que ni siquiera me mira cuando me siento a dos metros de distancia. – Debemos cortar las rutas de inmediato, jefe.–Hazlo –responde Adrián, con esa voz grave que antes me daba paz y que hoy me hiela la sangre. – No quiero fallos en la distribución esta semana.–Adrián, por favor, tenemos que hablar –interrumpo, y mis manos tiemblan sobre el mantel de hilo blanco, buscando desesperadamente un cruce de miradas que me devuelva la cordura.Él no parpadea, ni se inmuta, sino que se levanta d
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