Mientras tanto, a varios kilómetros de distancia de la opulenta residencia Volkov, en el interior de una oficina clandestina ubicada en los galpones subterráneos del muelle aduanero, Bruno D’Agostino aparta el dispositivo satelital de su oído, se acomoda el saco de sastre y gira el rostro para mirar directamente a Richard Kuskov, dejando escapar una carcajada ruidosa y despectiva que reverbera entre las paredes de concreto del búnker logístico. El criminal enciende un habano con total parsimonia, observando las pantallas de seguridad que transmiten en tiempo real los movimientos de las patrullas fronterizas que responden a las órdenes de la corporación automotriz, disfrutando de la sumisión psicológica que acaba de sembrar en la mente de la secretaria a través de sus amenazas veladas.–Esa mujercita que tienes bajo tu esquema de manipulación afectiva resulta ser una criatura sumamente estúpida y predecible, mi querido Richard, considerando que todavía cree que este despliegue de ar
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