La doctora Ramírez untó el gel con una eficiencia que indicaba que llevaba veinte años haciéndolo y nunca había perdido el interés genuino en lo que vendría después. Valentina, recostada en la camilla, miró el techo durante los dos segundos que tardó el gel en tocarla y contrajo el estómago involuntariamente.
—Frío, ya sé —dijo la doctora, con la voz de quien ha escuchado ese quejido exacto incontables veces—. Ya pasa.
Sebastián estaba de pie a la derecha de la camilla, con las manos en los bol