El sobre llegó un miércoles.
No por correo físico. Por mensaje de un remitente desconocido, con un archivo adjunto y una sola línea de texto: «Pensé que deberías saber esto.»
Valentina lo habría ignorado —los mensajes sin firma con archivos adjuntos eran el primer capítulo de todos los problemas de seguridad que su diseñadora de planta le había advertido desde siempre— de no ser porque el archivo adjunto se llamaba «Contrato_Mondragón_Reyes_Cláusula_9_original.pdf».
Lo abrió.
Lo leyó.
Lo leyó d