La oficina principal de la corporación olía a incienso y a peligro. Alaric estaba sentado en su trono de cuero, observando a través de los monitores cómo los últimos leales a Lady Vora eran escoltados fuera del edificio. Sin embargo, Viktor seguía desaparecido. El hermano traidor se había convertido en una sombra, y Alaric no soportaba no tener su cuello bajo la bota. Elora entró en el despacho luciendo un vestido de encaje negro que dejaba ver la marca de Alaric en su cuello, ahora más oscura y vibrante. —Viktor no se ha ido de la ciudad, Alaric —dijo ella, su voz cargada de una nueva frialdad—. Puedo sentir su miedo a través de la red de sangre. Está escondido en los viejos túneles del metro. Alaric se puso de pie, su tosquedad habitual transformada en una elegancia depredadora. Se acercó a ella y la tomó de la cintura, pegándola a su cuerpo de mármol. —Tu instinto es cada vez más agudo, mi reina. Pero antes de ir a cazar a mi hermano, necesito asegurarme de que recuerdes quién
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