El regreso a la ciudad fue un despliegue de poder. Alaric no solo reforzó la seguridad, sino que ordenó la construcción de una bóveda subterránea bajo la Torre Thorne, un santuario revestido de obsidiana y cuarzo blanco donde la luz de Elora pudiera expandirse sin ser detectada desde el exterior. Elora, sin embargo, estaba distante. Sus ojos, que antes brillaban con un oro puro, ahora se tornaban negros por momentos, como si una nube de tormenta se instalara en su mirada. Mientras descansaba en la enorme cama de seda negra, una visión la golpeó con la fuerza de un rayo. Se vio a sí misma en un campo de cenizas, sosteniendo a dos niños: uno envuelto en llamas blancas y otro hecho de sombras líquidas que devoraban la luz de su hermano. —¡No! —gritó Elora, despertando empapada en sudor, su luz estallando y agrietando el techo de la habitación. Alaric entró como un vendaval, con la espada en la mano y la furia en el rostro. Al ver que no había enemigos físicos, corrió hacia ella y la t
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