Elora estaba suspendida en un limbo gris. No había luz, ni sombra, solo un vacío sordo donde su corazón apenas enviaba pulsaciones de vida. En el mundo físico, Alaric no permitía que nadie se acercara. Estaba arrodillado sobre el suelo, con Elora apretada contra su pecho con una fuerza ruda, manchando su camisa de seda negra con la sangre dorada de ella. —¡Despierta, Vance! —gruñía Alaric contra su oído, su voz rota por una agonía que nunca había mostrado—. No te di permiso para dejarme. ¡Vuelve ahora mismo! Viktor, que sostenía a los gemelos envueltos en mantas de seda, dio un paso hacia atrás cuando la energía de la habitación empezó a fluctuar. Los bebés eran pequeños, pero sus naturalezas eran tan opuestas que el aire entre ellos vibraba. El gemelo de luz, Lucian, emitía un calor reconfortante; el gemelo de sombras, Malakai, parecía una mancha de oscuridad absoluta que enfriaba la habitación. —Alaric, los niños necesitan el calor de su madre —dijo Viktor con cautela—. Si ella
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