Una tarde, mientras el sol se filtraba de manera mortecina por las persianas de la cafetería del hospital, Mariana se sentó frente a Marcos. Él se veía demacrado, con las ojeras marcadas por las noches de vigilia, sosteniendo un vaso de café frío con ambas manos. Ella, por el contrario, lucía una serenidad casi angelical, moviendo su cuchara con una elegancia pausada. —Es un alivio verla así, ¿verdad, Marcos? —comenzó Mariana, rompiendo el silencio con una voz aterciopelada—. A veces olvido lo fuerte que es Kate. Pero también... me hace pensar en lo afortunada que es por la gente que la rodea. Marcos asintió, suspirando con pesadez. —Solo quiero que regrese a casa, Mariana. Siento que la mitad de mi vida está en esa cama de hospital. Mariana bajó la mirada, fingiendo una timidez calculada. Dejó escapar un suspiro corto y luego lo miró a los ojos, con una chispa de "admiración" que escondía un dardo emponzoñado. —Lo sé. Pero, ¿te has fijado en Alexander? —soltó, como si
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