Una tarde, mientras el sol se filtraba de manera mortecina por las persianas de la cafetería del hospital, Mariana se sentó frente a Marcos. Él se veía demacrado, con las ojeras marcadas por las noches de vigilia, sosteniendo un vaso de café frío con ambas manos. Ella, por el contrario, lucía una serenidad casi angelical, moviendo su cuchara con una elegancia pausada.
—Es un alivio verla así, ¿verdad, Marcos? —comenzó Mariana, rompiendo el silencio con una voz aterciopelada—. A veces olvido