A la mañana siguiente, ya entrada la hora, los rayos del sol se colaban con una audacia mansa por los ventanales de la habitación. La luz, tibia y persistente, se posaba sobre los ojos de Kate, invitándola a despertar y a dejar atrás, aunque fuera por un instante, el plomo de la noche anterior. Sus párpados se estremecieron, pesados, como si el simple acto de abrirse al mundo le exigiera un esfuerzo sobrehumano. El silencio a su alrededor era denso, pero ya no tenía ese matiz asfixiante de la madrugada; era la calma que sobreviene al naufragio, cuando el mar finalmente se retira y deja al descubierto los restos de la tormenta. Se incorporó con una lentitud ceremonial y se sentó al borde de la cama, permitiendo que sus pies encontraran el suelo frío. Ese contacto físico, sólido y real, fue lo que terminó de anclarla a la realidad. —Señora Sterling… buenos días —la voz de Inés, el ama de llaves, llegó desde el umbral con una suavidad respetuosa—. El señor Sterling dejó dicho que tie
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