A la mañana siguiente, ya entrada la hora, los rayos del sol se colaban con una audacia mansa por los ventanales de la habitación. La luz, tibia y persistente, se posaba sobre los ojos de Kate, invitándola a despertar y a dejar atrás, aunque fuera por un instante, el plomo de la noche anterior. Sus párpados se estremecieron, pesados, como si el simple acto de abrirse al mundo le exigiera un esfuerzo sobrehumano.
El silencio a su alrededor era denso, pero ya no tenía ese matiz asfixiante de la