A lo lejos, Marcos permanecía inmóvil, con la mirada fija en Alexander, como si intentara descifrarlo pieza por pieza. No era simple curiosidad; era puro cálculo. Observaba cada gesto con una precisión casi obsesiva: la inclinación leve de su cabeza al escuchar, la seguridad imperturbable con la que sostenía la mirada de Williams, y la fluidez de sus palabras, que parecían brotar de un plan maestro decidido mucho antes de ser pronunciadas. Su postura, erguida y abierta, no dejaba resquicio para