55. El verdadero monstruo
Isabel—Es... sangre —susurro, y el pánico empieza a subirme por la garganta como hiel—. Dios mío, es sangre. Hay que llevarla de urgencias, hay que avisar a Dante, llamar a una ambulancia, hay que...Estoy a punto de darme la vuelta para gritar el nombre de Cecilia o de cualquier guardia, pero la mano de la mujer se cierra sobre la mía. Su agarre es sorprendentemente firme, casi desesperado. Cuando la miro a los ojos, veo una claridad aterradora, una paz que solo tienen aquellos que ya han aceptado su destino.Ella niega con la cabeza, muy despacio.—No hay nada que hacer, niña —me dice, y su voz es apenas un hilo—. No gaste sus energías en eso. He vivido mucho tiempo con este mal. Lo único que pido es un poco de tiempo.—No diga eso —le suplico, sintiendo que el pecho se me oprime de una manera insoportable—. Puede haber medicina, algo que la ayude, el médico de Dante es bueno, déjeme que ayude, por favor... no puede simplemente rendirse.En ese momento, una vocecita rompe mi desesp
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