46. Eso puede cambiar...
IsabelDespierto con el peso de un silencio que no reconozco. Durante unos segundos, mantengo los ojos cerrados, tratando de aferrarme a la sensación de calor que me rodeó durante la madrugada, a ese latido rítmico que me sirvió de metrónomo para dormir.Estiro la mano con lentitud, buscando el calor de su cuerpo al otro lado de la cama, pero mis dedos solo encuentran sábanas estiradas y una frialdad que me cala hasta los huesos. Abro los ojos de golpe. El lado de Dante está vacío, impecable, como si nadie se hubiera acostado allí jamás.Me incorporo apoyándome en los codos, sintiendo el aire fresco de la habitación rozar mi piel. El sol de la mañana entra sin piedad, revelando la realidad desnuda de este cuarto: un lugar de orden, mando y soledad. Me quedo mirando el hueco donde él estuvo y entiendo, con una punzada de amargura, por qué no está aquí.Dante Volkov no permite testigos de sus grietas a la luz del día. Lo que pasó anoche —las pesadillas, el violín, su petición desesperad
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