La fina lluvia que caía sobre Lisboa aquella mañana de miércoles parecía lavar no solo las calles empedradas, sino también las últimas resistencias de Vivian. Desde el beso en el vestíbulo tres días atrás, algo fundamental había cambiado entre ellos: un umbral cruzado, una barrera derribada. Ahora, cuando miraba a Eduardo, ya no veía solo al perseguidor molesto, sino al hombre cuyos labios todavía sentía sobre los suyos en las horas silenciosas de la noche.Sentada en la mesa de su pequeño balcón con vista al Tajo, Vivian organizaba mentalmente los detalles del viaje a Madrid. La exposición Arte y Rebeldía en el Museo Reina Sofía era una oportunidad única, no solo para la galería, sino también para ella. Matheus prácticamente le había suplicado que fuera, viendo en aquello la posibilidad de establecer contactos europeos que podrían impulsar la carrera de ambos.—Dos días —le había dicho durante la llamada la noche anterior—. Ve, disfruta, haz buenos contactos. Y, Vivian… —su voz bajó—
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