Eduardo
Lisboa recibió a Eduardo con una indiferencia soleada que parecía burlarse de su desesperación. La ciudad, bañada por esa luz dorada que tanto poetas como turistas celebraban, se reveló como un laberinto de calles empedradas, colinas empinadas y tranvías amarillos que tintineaban como campanas lejanas. Todo era extrañamente pintoresco y completamente aterrador para un hombre acostumbrado a dictar los términos de su propio universo.
Encontró el edificio de Vivian en Príncipe Real, un inm