El sol danzaba sobre los jardines de la mansión Braga, transformando cada pétalo y cada hoja en parte de un escenario de cuento de hadas. Pero, a diferencia de la primera boda —opulenta, llena de ostentación y vacía de significado—, esta ceremonia respiraba amor en cada detalle.Vivian estaba radiante con un vestido sencillo de encaje, sin diamantes ni perlas, solo flores del jardín entretejidas en su cabello. El mismo vestido que su abuela había usado en su boda, meticulosamente restaurado. No necesitaba joyas: su sonrisa, amplia y genuina, era la joya más preciosa de aquella tarde.Eduardo, de pie bajo el roble centenario donde todo había comenzado, parecía un hombre renacido. Sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora brillaban con una vulnerabilidad más poderosa que cualquier demostración de fuerza. Cuando Vivian comenzó a caminar hacia él, acompañada de su padre, las lágrimas que rodaron por el rostro de Eduardo fueron las más sinceras de toda su vida.—Eres la mejor parte de mí
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