Eduardo
Elisa estaba bajo vigilancia las veinticuatro horas del día, y cada uno de sus movimientos era reportado a Eduardo con la precisión quirúrgica de una operación militar. Dos hombres se alternaban en turnos de doce horas, siempre manteniendo distancia, siempre invisibles entre la multitud. Documentaban cada café que tomaba, cada tienda a la que entraba, cada persona con la que hablaba. Las fotos y los informes llegaban al teléfono de Eduardo cada dos horas, un flujo constante de informaci