EduardoSe quedó quieto, inmóvil, mirando la puerta que Vivian acababa de cerrar tras de sí. Las palabras de ella resonaban en su cabeza como un disparo: cortas, frías, definitivas.—Voy a divorciarme de ti. De una forma u otra.Durante unos segundos, simplemente… no respiró.Era como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies. El silencio de la habitación pesaba sobre sus hombros, asfixiante, mientras el sonido lejano de la fiesta se convertía en un zumbido indistinto.Cuando por fin logró moverse, se llevó las manos al rostro, con los dedos temblando.El aire parecía escaso, y su corazón latía descompasado, cada latido recordándole la estupidez que acababa de cometer.Había tenido una oportunidad —la última— y, cobarde, la desperdició.Ella no le pidió mucho, solo una respuesta sincera. Y él, una vez más, eligió el orgullo.Ahora, la idea de que ella realmente pudiera irse —de verdad, esta vez— lo golpeaba con la fuerza de un puñetazo en el estómago.Eduardo respiró hondo, inte
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