EduardoNo logró dormir.El rostro de Vivian, duro, la mirada de desprecio, el recuerdo del golpe ardiendo en su piel y el sabor metálico de su propia sangre eran como brasas quemando en su mente. No era solo el hecho de haber sido rechazado —eso, por sí solo, ya habría sido inédito. Lo que lo devastaba era quién lo había rechazado. Vivian.Se giraba de un lado a otro en la cama, la almohada arrugada bajo la cabeza, pero el sueño insistía en no llegar. Cada vez que cerraba los ojos, la mirada de ella volvía frente a él, fría como el hielo, tan diferente de la niña que un día le sonrió sin pedir nada a cambio.Cuando finalmente el cansancio lo venció, casi al amanecer, los sueños llegaron pesados.Se vio pequeño otra vez, un niño delgado con un traje bien planchado, de pie frente a la imponente puerta de la antigua mansión Braga. El mármol parecía frío, hostil. El viento silbaba, levantando polvo.La madre, de espaldas, se alejaba apresurada, la maleta arrastrándose por el suelo de pie
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