EduardoLa sala de reuniones estaba llena de voces monótonas, números proyectados en gráficos coloridos y frases sobre crecimiento de mercado que, en cualquier otra circunstancia, habrían mantenido a Eduardo atento a cada detalle. El departamento financiero se esforzaba por presentar las métricas del último trimestre, pero para él todo sonaba lejano, amortiguado, como si viniera desde debajo del agua.La carpeta negra junto a su silla parecía latir, exigiendo atención. Marcos la había dejado discretamente, como si fuera un mensaje urgente. La curiosidad devoró cualquier resto de paciencia corporativa. Eduardo la abrió con un gesto rápido, impaciente, ignorando las hojas proyectadas en la pantalla.A medida que pasaba las páginas, su expresión cambiaba. Primero, un leve ceño fruncido. Luego, la mandíbula tensa. El dossier era directo, preciso: trataba de un solo nombre. Matheus Azevedo. El joven artista que, tras cierto éxito inicial con sus propias obras, había fundado la galería dond
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