Veinticinco

Eduardo

El celular vibró sobre la mesa de noche incluso antes de que saliera el sol. Eduardo contestó sin revisar quién era. Reconoció la voz de su abuelo al instante, cargada de furia.

—¿Qué vergüenza es esta, muchacho? —bramó el viejo.

—¿Qué? ¿Abuelo? —Eduardo se sentía como un niño que acababa de hacer una travesura—. ¿De qué estás hablando?

—¡Idiota, hay un video tuyo circulando, peleándote en un bar! —Eduardo no podía ver su rostro, pero sabía que las venas del cuello debían estarle saltan
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