EduardoSe daba vueltas de un lado a otro en la cama king size, las sábanas enredadas alrededor de sus piernas. Era la primera noche en que estaba sobrio desde que Vivian se había ido. El silencio del cuarto parecía burlarse de él.Cerraba los ojos, pero su mente no se detenía. Las sábanas olían a lavandería; él estaba acostumbrado al aroma de ella, suave, tranquilizador. El recuerdo de Vivian sentada en la pastelería, sus labios rozando la cuchara con dulzura, insistía en volver. Apretó los ojos con fuerza, pero era inútil.—Maldición… —murmuró, golpeando el colchón.Cuando finalmente logró dormirse, el día ya estaba amaneciendo.A la mañana siguiente, las ojeras profundas delataban la noche en vela. Doña Lucía, siempre puntual, sirvió el desayuno en cuanto él apareció en el comedor.—Señor Eduardo, buenos días. —Su voz tenía una preocupación contenida.Él levantó la mirada, pesada.—Doña Lucía… cómpreme el perfume que usaba Vivian. —dijo, sin rodeos.Ella parpadeó, sorprendida.—¿El
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