Veintiuno

Eduardo

El vidrio espejado de la fachada reflejaba la ciudad lluviosa cuando Eduardo empujó la puerta giratoria del edificio central. El nudo en la garganta persistía desde la cafetería. Había hecho lo que consideraba necesario… pero la mirada de Vivian seguía pegada a él, como una sombra imposible de apartar.

Respiró hondo, se acomodó la corbata y entró al ascensor. El ejecutivo impecable había vuelto.

Gustavo apareció minutos después en su oficina.

—¿Dónde te metiste ayer? —preguntó en un ton
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Imelda Aguirremmm a que vivían si que fuiste mensa y caíste en esa trampa de esos perros y no te dejesdebe de aver una salida sii
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