El sol de la tarde caía suave sobre la playa privada de Punta Cana, tiñendo la arena de tonos dorados. Mateo, con dos años y medio, corría descalzo por la orilla, sus piecitos dejando huellas pequeñas que las olas borraban casi al instante. Su cabello oscuro se movía con el viento y su risa resonaba por encima del sonido del mar.
—¡Papá! ¡Mira! —gritó, señalando una concha grande que acababa de encontrar.
Alejandro lo alcanzó en dos zancadas, lo levantó en brazos y lo hizo girar en el aire. Mat