El cielo estaba completamente rojo, como si el mismo sol se estuviera desangrando sobre el mar. Las olas golpeaban la arena con furia, casi como si supieran lo que estaba pasando.
Lia se quedó congelada en la arena, a unos veinte metros de la casa azul. Sus pies descalzos se hundían en la arena fría y húmeda, pero ella no sentía nada. Solo veía a su hijo. A su Mateo. Parado frente a Camila, con la cabeza baja, escuchando cada palabra que esa mujer le decía.
Camila tenía una mano sobre el hombro