La mañana siguiente amaneció radiante en Santo Domingo. El sol entraba por las ventanas abiertas, trayendo consigo el olor a sal, a café recién colado y a pan de yuca que Rosa preparaba en la cocina. Lia despertó con una sonrisa auténtica por primera vez en meses. Mateo estaba despierto a su lado, pataleando y balbuceando mientras intentaba agarrar un rayo de sol que bailaba en la sábana. Alejandro dormía todavía, con un brazo protector cruzado sobre los dos, como si ni siquiera en sueños pudiera soltarlos.Lia tomó a Mateo en brazos y lo llenó de besos suaves en la pancita, arrancándole carcajadas que llenaron la habitación.—Mi príncipe del Caribe —susurró—. Hoy vamos a jugar todo el día en la playa, ¿sí?Bajaron a la cocina. Rosa estaba terminando de servir el desayuno: mangú humeante, queso frito, huevos revueltos y un plato aparte de fruta fresca para Mateo. Cuando vio a su nieto, los ojos de Rosa brillaron con una emoción que parecía más intensa de lo habitual.—Ven acá, mi vida
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