La nieve caía con fuerza sobre las montañas suizas, cubriendo el paisaje de un manto blanco que debería haber sido hermoso, pero para Lia solo representaba aislamiento, peligro constante y una sensación de prisión dorada que no terminaba.Habían pasado casi dos meses desde el traslado y la tensión no disminuía. Mateo, con casi siete meses, gateaba con más determinación cada día. Quería explorar la casa, tocar los muebles, reír cuando veía la nieve caer fuera de la ventana. Pero Lia apenas lo dejaba alejarse de su vista. Cada vez que el bebé se movía hacia una ventana o una puerta, ella lo tomaba en brazos con el corazón latiéndole desbocado, como si alguien pudiera arrebatárselo en cualquier momento.Esa mañana, mientras intentaba darle el desayuno, Mateo gateó hacia la ventana y golpeó el vidrio con las manitas, riendo al ver los copos de nieve que caían fuera.Lia lo tomó rápidamente en brazos.—No, mi amor. No te acerques a la ventana.Mateo protestó con un llanto fuerte, frustrado
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