A la mañana siguiente, la mansión se sentía más fría que nunca.Lia apenas había dormido. Los mensajes anónimos, el casi beso en el auto y la distancia de Alejandro la habían mantenido despierta hasta el amanecer. Se levantó con ojeras y bajó a la cocina con un nudo en el estómago.Rosa la recibió con una sonrisa amable, pero su mirada mostraba preocupación.—El señor está en su despacho con el jefe de seguridad. Pidió que no lo interrumpieran.Lia asintió y se sirvió un café. No tenía hambre. Se sentó en la isla de la cocina y miró por la ventana, pensando en cómo su vida se había convertido en un caos en tan poco tiempo.Mientras tanto, en el despacho de Alejandro, la reunión era tensa.El jefe de seguridad, un hombre llamado Marcos Ruiz, de unos cuarenta y cinco años y mirada afilada, colocó varias pantallas frente a Alejandro.—Señor, confirmamos que alguien accedió al sistema de cámaras de forma remota. Las imágenes del pasillo y de la piscina fueron copiadas y enviadas desde un
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