El Refugio Verde amaneció cubierto de niebla. Era el primer día de clases del nuevo año y algo se sentía diferente. Los niños llegaban en fila, pero uno de ellos caminaba solo, rezagado, con los ojos clavados en el suelo.Se llamaba Alma. Tenía nueve años, el cabello negro muy corto y una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda. No hablaba con nadie. Cuando le preguntaron su nombre completo, solo respondió:—Alma. Nada más.Camila Sofía, la directora, la observó desde lejos. Había visto muchos niños rotos, pero este tenía algo que le apretaba el pecho.Esa misma tarde, mientras los demás jugaban en el río, Alma se quedó sentada bajo un flamboyán, abrazándose las rodillas. Camila se acercó y se sentó a su lado sin decir nada. Después de varios minutos, la niña habló por primera vez con voz baja:—Mi mamá me dijo que si alguna vez me perdía, buscara un río. Que los ríos siempre llevan a casa.Camila sintió un nudo en la garganta.—¿Y tu mamá?Alma no contestó. Solo se tocó la cicatriz
Leer más