El Refugio Verde amaneció cubierto de niebla. Era el primer día de clases del nuevo año y algo se sentía diferente. Los niños llegaban en fila, pero uno de ellos caminaba solo, rezagado, con los ojos clavados en el suelo.
Se llamaba Alma. Tenía nueve años, el cabello negro muy corto y una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda. No hablaba con nadie. Cuando le preguntaron su nombre completo, solo respondió:
—Alma. Nada más.
Camila Sofía, la directora, la observó desde lejos. Había visto muchos