Un año después.
Alma ya tenía diez años y se había convertido en la niña más conocida del Refugio. Todos la buscaban cuando querían hablar con los árboles o con el río. Decían que ella tenía “la voz”, un don que le permitía escuchar lo que los demás no podían.
Una mañana de septiembre, Alma bajó sola al río mucho antes de que saliera el sol. Se sentó en el banco de madera y metió los pies en el agua fría. Cerró los ojos y se quedó muy quieta, como hacía siempre cuando escuchaba.
De pronto abrió