Regresar a casa, a mi República Dominicana, no fue el acto de triunfo que imaginé mientras huía por los callejones de Atenas o las montañas de los Balcanes. Fue, más bien, un ejercicio de reintegración molecular. Como cuando intentas devolver una pieza de madera a su clima original después de años en el frío; hay crujidos, hay tensiones, y la fibra necesita tiempo para recordar cómo respirar este aire cargado de salitre y humedad tropical.Alexander —me niego a llamarlo de otra forma, incluso aquí donde nadie lo conoce— se mueve por las calles de Santo Domingo con una cautela que ya forma parte de su estructura genética. No es miedo, es una forma de existir en 360 grados. Sin embargo, cuando nos sentamos en el malecón a ver cómo el Caribe rompe contra los arrecifes, noto que sus hombros han bajado un par de milímetros. La luz de aquí, ese sol implacable que lo satura todo, no permite que las sombras se escondan por mucho tiempo.—Es demasiado brillante, Ana Luisa —me dijo ayer, mientr
Leer más