Génova no es una ciudad para los que huyen, es una ciudad para los que se esconden. Sus calles, esos caruggi estrechos que parecen grietas en una pared de piedra vieja, huelen a humedad estancada y a un pasado que se niega a ser restaurado. Llegué aquí con el alma en carne viva, el cuerpo entumecido por el traqueteo del autobús y la mente fija en una sola imagen: la silueta de Julián quedándose atrás en aquella plaza, como una mancha de sombra en un cuadro que yo ya no podía retocar.
Me instalé