capitulo 56

El frío del Glaciar Eterno no era como el frío de la montaña; este tenía colmillos. Se filtraba a través de las grietas de la cueva, lamiendo la piel que aún conservaba el rastro abrasador de las manos de Damián. Me puse en pie con las piernas temblorosas, mientras la luz carmesí de mi corona proyectaba sombras alargadas contra las paredes de hielo. Mis ojos no podían apartarse de la figura atrapada en el muro transparente.

—No puede ser él —susurré, y mi aliento formó una nube densa frente a
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