La oscuridad en el gran salón no era un vacío, era una entidad. Esos ojos violetas que brillaban desde el fondo de la estancia eran como dos brasas envenenadas, recordándome que Tania, o la sombra que la habitaba, no se rendiría hasta que el mundo entero se tiñera de su rencor. A mi lado, sentí la mano de Damián apretarse sobre mi hombro. Su calor, antes una simple comodidad, ahora era una ancla eléctrica que me mantenía unida a la tierra mientras mi nueva esencia intentaba elevarse hacia el frío de las estrellas. —¿La ves? —susurró Damián, su voz cargada de una ferocidad que hizo vibrar el aire. —La siento —respondí, mi propia voz resonando con la autoridad de la corona de espinas líquidas—. Es un eco, un parásito que busca una nueva grieta. Pero este salón ya no le pertenece. Hice un gesto con la mano y las antorchas se encendieron de golpe, no con fuego naranja, sino con una luz blanca y pura que barrió las sombras de los rincones. El fondo de la estancia estaba vacío. Los oj
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