La pluma plateada en la mano de Valerius parecía absorber la poca luz que quedaba en el Salón de la Verdad. No era una pluma de ave, era una bofetada de realidad, una astilla de un poder que hacía que mi corona de espinas líquidas vibrara con una frecuencia de pánico que nunca antes había sentido.
Damián, cuyos brazos aún rodeaban mi cintura con una fuerza que me recordaba que yo era su mundo, se tensó instantáneamente. Su loba interna, esa bestia de fuego y obsidiana, soltó un gruñido que hi