La oscuridad en el gran salón no era un vacío, era una entidad. Esos ojos violetas que brillaban desde el fondo de la estancia eran como dos brasas envenenadas, recordándome que Tania, o la sombra que la habitaba, no se rendiría hasta que el mundo entero se tiñera de su rencor. A mi lado, sentí la mano de Damián apretarse sobre mi hombro. Su calor, antes una simple comodidad, ahora era una ancla eléctrica que me mantenía unida a la tierra mientras mi nueva esencia intentaba elevarse hacia el fr