Saqué el medallón roto y lo lancé al centro del salón. El metal tintineó sobre el mármol, deteniéndose justo a los pies del Gran Alfa. El silencio que siguió fue tan pesado que se podía escuchar el latido de los corazones de los presentes. El Gran Alfa palideció al reconocer la pieza.
—Ese objeto... —comenzó uno de los Alfas de las gradas, un hombre gordo y cubierto de joyas—, se perdió en la Gran Purga.
—Se perdió cuando vuestro líder asesinó a mi madre por la espalda —sentencié, mi mirada