El carruaje negro, blindado con runas de plata que tintineaban suavemente con cada bache del camino, se sentía como una jaula de terciopelo. Fuera, el paisaje de las Tierras de Escarcha comenzaba a ceder ante los bosques densos y antiguos que rodeaban la Ciudad de los Alfas. El frío ya no era una agresión externa para mí; era parte de mi torrente sanguíneo, un pulso rítmico que chocaba contra el calor que emanaba del hombre sentado frente a mí.
Damián no había dejado de mirarme desde que cruz