La figura de mi madre, o lo que fuera esa proyección etérea entre las sombras del altar, hizo que el aire en la cámara de diamantes se volviera denso, casi sólido. Sus ojos eran espejos de tormentas antiguas, y su presencia emanaba una fragancia a flores blancas y escarcha que me mareó. A mi lado, Damián dio un paso al frente, con los nudillos blancos apretando la empuñadura de su espada, mientras Valerius permanecía extrañamente estático, con la mirada fija en la Corona de Escarcha como si fuera lo único real en ese salón de espejismos. —¿Madre? —mi voz salió como un susurro roto, una vibración que parecía resquebrajar las paredes de cristal. —Soy la memoria que guardas en tu sangre, Lia —respondió ella, y su voz no venía del exterior, sino de las fibras mismas de mi ser—. Reclamar esa corona no es un acto de poder, es un pacto de soledad. Para que el invierno te obedezca, no puede haber fuego en tus venas. Ni amor, ni deseo, ni el calor de un cuerpo que te ancle a la debilidad d
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