El peso de la corona de espinas líquidas ya no se sentía como un objeto extraño sobre mis sienes; era una extensión de mi propia columna, un ancla de plata que filtraba el mundo a través de un prisma de escarcha. La aldea, antes sumida en el caos de la ceniza, ahora estaba envuelta en una calma blanca y sepulcral. Tania era una estatua de cristal negro en el centro de la plaza, un monumento a la ambición fallida, pero su caída no había traído la paz que mi corazón humano esperaba.
El silencio