Me quedé paralizada. Miré a Damián, que luchaba valientemente contra jirones de sombra que intentaban asfixiarlo, y luego miré a la entidad que llevaba mi rostro. Comprendí que Tania solo había sido el catalizador; la verdadera batalla siempre había sido conmigo misma. Con la parte de mí que todavía buscaba la aprobación de una manada que me rechazó, y con la parte que amaba a un hombre que me rompió el alma.
La sensualidad del poder absoluto volvió a tentarme, pero esta vez con un matiz dife