La sensualidad del momento era abrumadora. Cada movimiento de Damián era una declaración de amor y de guerra. Su boca buscaba mis pechos, sus dedos se enterraban en mis caderas, y cada gemido que escapaba de mis labios era música para su instinto. Sentí que el hielo de mi interior se derretía, no desapareciendo, sino transformándose en una energía líquida que fluía entre nosotros, fortaleciendo el vínculo hasta que no quedó rastro de la antigua traición.
En el clímax de nuestra unión, sentí q