capitulo 49

El estruendo del techo de cristal al romperse fue un eco distorsionado de mi propio corazón fragmentándose. El frío que descendió de las alturas no era el mío; no era esa pureza glacial que yo había aprendido a dominar en las montañas, sino una escarcha rancia, cargada de una podredumbre antigua. Y en el centro de ese caos, suspendido sobre un dragón de sombras que devoraba la luz del salón, estaba él.

—¿Padre? —mi voz fue un hilo de seda a punto de romperse.

La figura de Silas, el hombre q
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