ZamiraLa sorpresa de ver a Cristian sentado en esa mesa duró apenas un segundo; de inmediato, una cortina de hielo cubrió mis facciones. Si hubiera sabido que el plan de Bruno para "relajar tensiones" incluía al hombre que me estaba haciendo la vida imposible, me habría quedado en mi despacho.Caminé con elegancia, mis tacones resonando sobre la madera del bar, y me senté en el único espacio disponible: justo al lado de Cristian. El espacio era reducido, y su cercanía me golpeó como una ráfaga de calor. El aroma de su loción, mezclado con el olor a whisky puro, inundó mis sentidos y me puso en alerta.—Vaya, no sabía que esta era una reunión de negocios con la competencia —solté, clavando mis ojos verdes en él con una frialdad absoluta, ignorando deliberadamente el saludo de mi hermana.—Los negocios nunca duermen, Zamira. Aunque algunos prefieren jugar sucio a las espaldas de los demás —respondió Cristian.
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