La puerta de mi despacho no alcanzó a cerrarse por completo. A través del cristal esmerilado, escuché los pasos tensos de Bruno detenerse en seco. Nicol lo había plantado a mitad del pasillo.
—¡No, Bruno! ¡Suéltame! —la voz de mi hermanastra resonó con una fuerza que jamás le había conocido. Ya no era el tono quejumbroso de la niña mimada que pedía tarjetas de crédito; era el grito de alguien que estaba defendiendo su dignidad.
Me quedé estática detrás de mi escritorio, conteniendo la respiraci