El martes por la mañana me desperté con dolor de cabeza y el cuerpo en tensión. Había pasado la noche en vela, sobresaltada por cada crujido de la mansión, temerosa de que la promesa de Cristian de recuperar su lugar en mi cama se hiciera realidad en cualquier momento. Sin embargo, no se acercó.
Me paré frente al espejo del vestidor y me obligué a recuperar mi faceta de mujer de negocios. Elegí un vestido sastre de color azul marino, ceñido al cuerpo, y me maquillé con esmero para ocultar las o