ZamiraEl lunes por la mañana, la atmósfera en mi despacho era completamente distinta. Nicol ya no era la asistente perezosa que arrastraba los pies; llegó antes de las siete, pero no traía su libreta en la mano, sino una furia contenida que hacía que sus tacones repicaran contra el suelo como ametralladoras.Dejó caer mi café sobre el escritorio y comenzó a caminar de un lado a otro, cruzada de brazos, murmurando insultos entre dientes. Se le notaba en los ojos que no había pegado un ojo en todo el fin de semana, reviviendo la humillación del bar.—¡Es un maldito cínico! ¡Un asqueroso, un desgraciado con traje de diseñador! —estalló Nicol por fin, deteniéndose frente a mi escritorio y golpeando la madera con los nudillos—. Te juro, Zamira, que todavía no puedo creerlo. ¡¿Otra vez?! ¡¿Después de todo lo que pasaste la primera vez, vuelve a hacer exactamente lo mismo?! ¡Y encima tiene la audacia de gritar en un lugar
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