No pasaron ni tres minutos antes de que la rabia acumulada me hiciera reaccionar. Salí de mi despacho como un torbellino, ignorando por completo los rostros asustados de las secretarias que se apartaban a mi paso. Si Nicol pensaba que iba a cruzarse de brazos mientras ella jugaba a ser ejecutiva, estaba muy equivocada. Pero ella no era el verdadero problema; el verdadero culpable era el hombre que le había entregado las llaves del departamento de marketing en bandeja de plata.
Bruno. El directo